domingo, 29 de marzo de 2009

Aquel día

Disfrutaba jugar con pelusas bajo la cama. Usaba el reflejo de sus ojos para alumbrar un poquito, y así no confundir una pelusita con un bicho. Antes le encantaba salir a correr por la calle, y perseguir a los pájaros. Le gustaba inventar historias sobre gente que saltaba y sobre lugares poco interesantes de Santiago. Le encantaba comer tallarines con salsa hasta reventar, y le encantaba jugar con la gente que encontraba en lugares extraños.
Un día, se encontró con un monstruo del porte de 5 casas, que la asustó, le escupió muchas arañas y le dio una patada y un tirón de pelo... Ese fue el día en que ella dejó de jugar. Ahora solo tiene miedo, y ya no quiere salir de ese lugar bajo su cama. Prefiere jugar con pelusas y ver de vez en cuando a su gato que le lleva lechuga con limón para que no llore cuando tiene hambre.
A veces tiene hambre... A veces llora un poco, porque siente que las pelusas se están acabando y porque parece que hay momentos en que se siente un poco sola... Inclusive, un día creyó que estaba muerta, pero después notó que estaba equivocada, porque llegó su gato y le trajo un espejo.
En ese momento ella dejó de llorar, porque fue el regalo más bonito que le habían hecho. Siempre le gustaron los espejos, porque no tenía que mentirles. Siempre la vieron tal y como era, aunque ahora no veía mucho, porque bajo la cama no hay mucha luz.
De todas formas, le bastaba con el pequeño resplandor que quedaba en sus pequeños y redondos ojitos negros. Le gustaba mirarse al espejo mientras lloraba, porque sentía que ese, y solo ese era el reflejo que mostraba lo más real de su alma, porque no se miraba para mentirle al mundo y taparse en maquillaje; porque no se miraba para esconder alguna imperfección, ni para sentirse más hermosa... Se miraba porque se sentía real, se sentía viva, de carne y hueso, y eso le bastaba para llenar su alma, que a pesar de estarse ahogando en llanto y tristeza, sabía que era real, y que existía quizás más que cualquier otra persona que nunca hubiese sentido deseos tan grandes de morir como los que siente ella todas las noches.
A veces ella llora mucho. Tanto que tiene que nadar entre sus lágrimas... Es que hecha mucho de menos. Tiene tantas ganas de que todo lo que extraña tuviera el mismo miedo que ella y se metiera también bajo la cama, así podrían jugar como antes y podrían tener la misma pena juntos.
Ella extraña a un amigo que conoció en un lugar extraño. Era un anciano con algunas canas encima, y siempre jugaban juntos. A veces se reían de los monstruitos que se encontraban por ahí, pero de esos bonitos, que jugaban contigo cuando te veían sonreír. Ahora ya no juegan, a él se lo comió el mismo monstruo que la asustó antes de refugiarse bajo la cama. A veces, cuando se acuerda de él, llora mucho. Tanto que no duerme en días y después le duele la cabeza.
En todo caso, las pelusitas son buenas acompañantes. Ella sueña con que un día, después de tanto jugar con ellas y cuidarlas, ellas se conviertan en un amiguito que la ayude a salir de ese lugar húmedo y oscuro, y si tienen suerte, se encuentren con aquel anciano que tan feliz la hizo... Quizás los pueda hacer feliz a ambos, y puedan enseñarle al amiguito de pelusas a jugar como ellos lo hacían antes.
Ella está llorando, porque no puede esperar a que llegue aquel día.